En la casa encantada, la errante ánima, de tristeza azul, transitaba desde el jardín, con sus árboles desnudos, hasta una oscuridad acostumbrada
Entre ramas despiertas y radios encendidas despuntaban aspavientos del miedo...
En la anónima hora de los muertos, del hedor y su oscuridad, fingen huecos lamentos en la efímera habitación, de bailes fantasmales, de fieros movimientos, cuerpos a la deriva
Vienes desde el paraiso de los ocasos, con la rebelión de un río sin sangre, entre sombras de pétalos invisibles
El silencio de un fantasma es una brumosa canción
Nada importa en esta hora calcinada, en esta vida infernal sin un grito de auxilio
En la esquizofrénica y desordenada danza del caos, en las letras surrealistas del bohemio, en la voraz canción de los rotundos acordes anunciando mi apocalipsis
¡En mi poesía y en la tuya, donde no envejecen los ojos!
Un androide japonés se enamoró de la lejanía de una flor silvestre
La señal duele en el paraje de unos circuitos desplomados. Nunca pudo regarla con su señal dolorosa
Y creó la poesía más corta del mundo:
"fui, volví"
El mal número le persigue
Aún podría encontrarse con el ruido del paraíso, y parar el eléctrico océano de su mirada
He tenido que utilizar el video del directo de este increíble y agnóstico grupo australiano para ilustrar la poesía, puesto que el video original está restringido por la dictadura visual que nos imponen no sé muy bien desde donde. ¿Hay alguien ahí?
Antes de penetrar en la invisible quietud del aire, en su espacio insondable arrancado a los incómodos infiernos,
trazo la tormenta, la infiel tormenta del medio dia, donde dejo de escuchar a mis grises paisajes. Entre mis pensamientos de flores sembradas por el estupor, de tramas en secas ramas, y de imposibles recuerdos
Y cuando sople ese pálido viento que nos olvide, monstruo hierático, escucharé la hostil voz del perdido pasajero
Es cuando paseo entre sombras del ayer, cuando me reconozco entre sus eclipses, como un viajero que no vuelve
Sirve para adherirme a la plenitud de unos ojos vivos, donde el barro solo es barro y el aire es el hambre de la aspereza